
La montaña, como el diamante, encubre visos y destellos de inesperado esplendor. A veces, la ruta más sosegada, menos excepcional, oculta preciados tesoros para el montañero perseverante...
En esta ocasión, una nutrida facción del club se desplazó hasta el concejo de Caso (un viejo conocido, a estas alturas), para conocer la denominada Ruta del río Medio, ubicada en las inmediaciones de la población de Orlé. Como es costumbre, nos reunimos en la zona occidental de Oviedo (con puntualidad inglesa, todo hay que decirlo), para, a continuación, dirigir los vehículos al Parque de Redes. Tras el preceptivo refrigerio, a base de pinchos y café, nos encaminamos al fin hasta la mentada localidad. Orlé es un pueblo, es digno de mencionar, con una muy peculiar distribución urbanística: caleyas y caseríos salpican la localidad de forma irregular y escasamente concentrada, lo que proporciona al visitante la turbadora impresión de encontrarse en una población de considerables dimensiones, teniendo en cuenta su, aparentemente, escasa intensidad demográfica. Todo ello proporciona al visitante una extraña sensación de excepcionalidad.
Bota de vino al ristre, despliegue de bastones telescópicos, encendido de GPS y alzamiento de mochilas. La ruta empezaba. Orientados con la ayuda de una lugareña, tomamos el camino por el lado derecho, sobrellevando con facilidad las primeras distancias a cubrir. El ritmo, sosegado, propiciaba la contemplación del valle, boscoso, por el que ligeramente íbamos ascendiendo. Sin problemas y con una perfecta señalización, el grupo iba ganando metros poco a poco. La complicidad y el buen humor acompañaban la caminata, mientras la progresiva ascensión permitía ir aumentando la visibilidad paisajística. Al fin, una fuente seca nos sirvió de apoyo y punto de encuentro para almorzar, sin prisas ni sobresaltos. La ruta continuaba, ya con muy dignas vistas a nuestro alrededor: cordilleras, valles, zonas boscosas...
Algo más adelante encontramos un poste señalizador que indicaba el comienzo del descenso. Simultáneamente, otro senderista que andaba por las inmediaciones se nos aproximó, ilustrándonos con sus enciclopédicos conocimientos de la zona. Informados sobre las distancias y características de los riscos más cercanos, comenzó a surgir entre nosotros una nerviosa mirada de complicidad. Aún era pronto. Uno de los picos estaba muy cerca. Ignorábamos su nombre, la distancia exacta... Carecía de todo interés orográfico... pero era un pico. Era absurdo, improductivo y hasta estúpido... No tenía ningún sentido subirlo. ¿Para qué? Volvimos a mirarnos. Sonreímos, excitados. Sí, ya lo creo que lo subiríamos: ni por su nombre, ni por sus supuestas vistas... solamente, estaba allí.
Para los aficionados al cine, es posible que recuerden una escena del biopic sobre la vida del malogrado Jim Carroll, Diario de un rebelde. Tras el primer suministro de heroína, Di Caprio (sí, terrible) entra en un viaje onírico en el que se le ve corriendo, exultante y medio desnudo, por el medio de un campo primaveral, mientras sus dedos rozaban las flores que encontraba a su alrededor. Algo así nos pasó en el ascenso al pico. Desprovistos de mochilas, como chiquillos alocados, galopamos salvajemente hacia la cima, hasta que la coronación de la misma permitió descender los niveles de adrenalina. Ignorando donde nos encontrábamos, pero con una vista muy digna, bromeamos de nuevo acerca de lo absurdo de nuestro acto. En cualquier caso, estábamos exultantes. La montaña, y su veneno, son así. Bájamos rápidamente (no sin antes dejar en la cima un forro polar, en un indudable acto de generosidad, previendo la llegada futura de montañeros anhelantes de calor y confort...), nos reuninos con el resto de los (las) expedicionarios, que pacientemente había aguardado nuestra llegada, y descendimos por un camino empedrado y con amplísimas vistas hacia Orlé, brindando a nuestra salud, como feliz remate, en el chigre del pueblo.
No quisiera terminar esta crónica sin aludir a un entrañable lugareño que nos indicó el camino al bar. Al margen de su afabilidad, la estampa que ofrecía su casa (con puertas y ventanas abiertas, mientras el sonido de alguna canción española de mediados de siglo se abría hacia el exterior) transmitía una extraña, pero confortable, impresión de placidez y singularidad. Un pequeño retazo lírico en la Asturias más profunda...
Un saludo a quienes no pudisteis venir. “La Güestia” seguirá ahí, esperándoos...